Día 6
El ataque
Josué 1:9
«Yo te pido que seas fuerte y valiente, que no te desanimes ni tengas miedo, porque yo soy
tu Dios, y te ayudaré por dondequiera que vayas.»

El ataque es el movimiento de avanzar con determinación. Un equipo que ataca no corre en desorden; genera espacios, lee la defensa, combina pases y busca el mejor momento para definir. En la vida cristiana, avanzar también exige visión, valentía y dependencia de Dios. «¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?» (Romanos 8:31)
Dios no nos llama a vivir siempre arrinconados por el miedo. Hay momentos en los que la fe debe salir de la pasividad: iniciar una conversación necesaria, servir en un nuevo lugar, defender la justicia, cuidar de alguien, proclamar esperanza y asumir responsabilidades. «Mas el pueblo que conoce a su Dios se esforzará y actuará.» (Daniel 11:32)
Un ataque sano no es agresividad contra las personas, sino la disposición de avanzar haciendo el bien. Es enfrentar el temor con fe, la indiferencia con amor, la mentira con la verdad y la oscuridad con la luz de Cristo. El Reino de Dios avanza cuando personas comunes obedecen con humildad y valentía. «Ensancha el sitio de tu tienda, y las cortinas de tus habitaciones sean extendidas; no seas escasa; alarga tus cuerdas, y refuerza tus estacas.» (Isaías 54:2)
Todo avance debe estar rendido al Señor. Sin amor, el ataque se convierte en fuerza vacía. Con Cristo, se transforma en servicio, misión y oportunidad de abrir caminos para otros. La confianza no está en nuestra capacidad, sino en el Dios que va con nosotros. «Mas el pueblo que conoce a su Dios se esforzará y actuará.» (Daniel 11:32)
El ataque nos recuerda que la fe tiene movimiento. Somos llamados a salir de la comodidad, ocupar espacios de servicio y avanzar sin perder la mansedumbre. Cuando Dios abre una puerta, caminamos por ella para que su nombre sea honrado. «No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús.» (Filipenses 3:12)