Día 1
El puntapié inicial
Salmo 37:23
«El Señor guía los pasos de la gente buena y es feliz al verlos caminar.»

El puntapié inicial marca el comienzo del partido. Es el momento en que suena el silbato, el balón empieza a rodar y todo lo planificado debe transformarse en movimiento. En el fútbol, este instante no es una simple formalidad: es el paso del plan a la acción. En la vida con Dios también existen momentos así: tiempos en los que la fe deja de ser solo una intención y comienza a caminar en obediencia. «Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas.» (Eclesiastés 9:10)
Todo puntapié inicial exige estar listos. Antes de que el balón ruede, cada jugador ocupa su lugar, atento a la estrategia del equipo. De la misma manera, Dios nos prepara antes de cada nueva etapa. Él moldea el corazón, forma el carácter, guía los pasos y nos llama a confiar, incluso cuando no conocemos todos los detalles del partido. «Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas.» (Josué 1:9)
El comienzo también requiere unidad. Un equipo desalineado pierde el ritmo; un equipo que se mueve en conjunto abre caminos. La fe madura cuando caminamos con Dios y aprendemos a servir al prójimo, reconociendo que nadie gana solo. La unidad no elimina las diferencias, sino que pone cada talento al servicio de un propósito mayor. «¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía!» (Salmo 133:1)
El primer movimiento requiere valentía. Todo inicio trae incertidumbres, pero la presencia de Dios sostiene a quien decide avanzar. Hay momentos en los que es necesario dejar atrás las dudas, escuchar el llamado del Señor y dar el primer paso con humildad y confianza. «Aunque la visión tardará aún por un tiempo, mas se apresura hacia el fin, y no mentirá; aunque tardare, espéralo, porque sin duda vendrá, no tardará.» (Habacuc 2:3)
El puntapié inicial nos recuerda que las grandes travesías comienzan con una decisión fiel. Cuando Dios abre una nueva etapa, no se nos pide controlar todo el juego, sino comenzar con obediencia, perseverancia y esperanza en la meta que Él pone delante de nosotros. «Prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.» (Filipenses 3:14)