Día 8
El remate
2 Timoteo 2:15
«Haz todo lo posible por ganarte la aprobación de Dios. Así Dios te aprobará como un
trabajador que no tiene de qué avergonzarse, pues enseña correctamente el mensaje de la
verdad.»

El remate es el instante en el que la oportunidad se transforma en decisión. El jugador acomoda el cuerpo, calcula el espacio y, en el momento preciso, dispara hacia el arco. En la vida cristiana, también hay momentos en los que la fe debe salir de la intención y convertirse en acción. «Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora.» (Eclesiastés 3:1)
Antes del remate hay preparación. El gesto decisivo se sostiene en el entrenamiento, la disciplina y la repetición. Del mismo modo, las decisiones maduras nacen de una vida formada por la Palabra, la oración, la escucha y la práctica diaria de la obediencia. «Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas.» (Josué 1:9)
El momento oportuno es clave. Rematar antes de tiempo puede desperdiciar la jugada; demorarse demasiado puede cerrarla. Dios nos enseña a discernir el tiempo, sin dejarnos dominar por el apuro ni paralizar por el miedo. La valentía cristiana actúa en el tiempo de Dios. «Tus ojos miren lo recto, y diríjanse tus párpados hacia lo que tienes delante.» (Proverbios 4:25)
El remate también exige enfoque. La presión, el ruido y la marca rival no pueden apartar la mirada de la meta. Nuestra meta es Cristo: en Él encontramos dirección, fuerza y sentido para actuar. Cuando la fe apunta a Él, las decisiones ganan claridad. «Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos.» (Éxodo 14:14)
No cada remate termina en gol. Aun así, cada acto de fidelidad tiene valor ante Dios. La victoria definitiva ya le pertenece a Cristo; por eso actuamos, no para demostrar nuestro valor, sino para responder al amor que ya recibimos. «Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta.» (Santiago 2:26) «Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.» (1 Corintios 15:57)